CASSINI y EL BASURAL / Por María Bernarda Marconetto*

Inauguramos con este artículo la Sección: "Debates" destinada a generar un espacio de reflexión crítica sobre temas que nos atraviesan como colectivos humanos enfrentados a crisis ambientales y sociales. En esta oportunidad convidamos a esta reconocida antropóloga especialista en temas vinculados a "cultura y naturaleza" a opinar sobre el debate abierto por algunos medios de comunicación locales sobre la supuesta impertinencia de la participación del Departamento de Antropología de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC en la evaluación del Estudio de Impacto Ambiental presentado por Cormecor S.A. en relación a la instalación de un nuevo mega vertedero de basura en cercanías de Villa Parque Santa Ana.

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Al cumplirse 20 años del inicio de su viaje desde la Tierra, la sonda Cassini envió su última señal de radio antes de destruirse en la atmósfera de Saturno. La comunicación con la misión de control en Tierra, en el Laboratorio de Propulsión a Jet de la NASA en California, se perdió poco después de las 04:56 hora local del 15 de septiembre de 2017.

Cassini durante dos décadas fue nuestra espía en el espacio mostrándonos mundos que nuestro cuerpo no puede alcanzar. Recorrió en nombre de la humanidad 8.000 millones de kilómetros. Entre otras cosas, los datos que envió posicionaron a una luna de Saturno, Encélado, como candidata en la búsqueda de vida fuera de la Tierra. Y así, luego de 20 años y rozando con la ingratitud, los terrícolas deciden pulverizarla en la atmosfera de Saturno. La despedida fue, sin duda, un momento agridulce para los investigadores que trabajaron tantos años en la misión y se asombraron ante el planeta en el que Cassini finalmente se desintegró.

¿Por qué este final ingrato para Cassini?

Cassini debía usar combustible como ayuda en ciertas maniobras orbitales y para controlar su orientación. Las reservas de combustible se agotaban, motivo por el cual se decidió destruir la sonda antes de perder el control sobre la misma y evitar que pueda caer sobre Titán o Encélado contaminando estos mundos con microorganismos terrestres. Así, al combustionar en la atmósfera saturniana, Cassini se llevó consigo a cualquier potencial microscópico polizón terrícola, cuyas particularidades le concedieran la posibilidad de sobrevivir en condiciones extremas fuera de la tierra.

Llegado este punto del argumento, me concedo la libertad de preguntar cuál sería el problema. Debo confesar me apenó el triste final de Cassini en pos de mantener el sistema solar libre de bacterias. Por qué mantener libre de vida el sistema solar si uno de los objetivos de este tipo de misiones es buscar vida fuera de la tierra. Caminando a la vera del Río de Los Reartes con mi geólogo y matemático de cabecera, llegó una respuesta: porque necesitamos saber que, si en el futuro encontramos vida en algún punto del universo, esta no tiene ninguna relación con la vida terrícola. ¿Qué diferencia sustancial presenta la vida originada en la Tierra en contraposición a otra vida nacida en cualquier otro rincón del universo?  Y en este punto hay que aclarar que, por vida terrícola en realidad deberé entender humanidad, ya que esa bacteria habrá llegado allí por obra y gracia de los humanos. Andamos por otros mundos espiando y borrando las huellas del delito. Tocamos el universo, pero con guantes, como un científico que se precie debe hacer.

Esta necesidad de mantener un universo a investigar libre de humanidad sólo cabe en una composición de mundo particular: la nuestra. En un mundo occidental y moderno, cuna de científicos y científicas que pueden llegar a Saturno and beyond. La cuestión de mantener el universo despojado de nuestras trazas es epistemológica. Sólo cabe en el seno de un pensamiento que disocia lo cultural (humano) de lo natural (no humano), escindido en esferas ontológicamente infranqueables. Al mismo tiempo, reproducimos la división en la práctica científica misma en la que cobran existencia las ciencias naturales y ciencias humanas, junto con sus respectivos discursos (y relatos). En este mundo en el que las ciencias naturales aspiran a un universo vacío de humanos y las ciencias humanas se preguntan por la esencia de ese vacío, se disputan competencias y territorios conceptuales entre ambos campos.

 

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Así, volviendo a la tierra y con estas divergencias en mente, pienso en la controversia desatada recientemente en torno a un basural. Esta involucra a actores a favor y en contra, al tiempo que enfrentó discursos de diversos investigadores en la Universidad de Córdoba. Volvemos a la dicotomía ciencias naturales y humanas.

La polémica se establece en torno al proyecto “Complejo Ambiental de Tratamiento, Valorización y Disposición de los Residuos Sólidos Urbanos del Área Metropolitana de Córdoba”. El mismo prevé dos grandes módulos para la disposición final de residuos urbanos. Elegante eufemismo para designar a un megabasural que se propone instalar en el Departamento de Santa María, Provincia de Córdoba. Como es de esperar, una controversia así llega a los Tribunales.

Una vez judicializada la cuestión, intervienen las pericias y los saberes científicos. Así se suma a la causa un informe producido por la Universidad Nacional de Córdoba para evaluar el estudio de impacto ambiental realizado por la Sociedad Anónima CORMECOR (Corporación Intercomunal para la Gestión Sustentable de los Residuos Sólidos Urbanos del Área Metropolitana de Córdoba).  Un punto interesante es que la mencionada Universidad cuenta con una amplia gama de especialistas en diversos campos, no obstante, el informe es realizado por miembros del Departamento de química industrial y aplicada de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UNC. Alguien en alguna oficina decidió que esto era un tema de las ciencias naturales (y exactas) y no de las humanas (inexactas).

Ciertamente es bastante difícil deslindar qué es natura y qué es cultura en torno a la basura. El sociólogo, filósofo y antropólogo francés, Bruno Latour muy probablemente catalogaría de híbrido al basural en razón de esta dificultad.

Luego de hacerse público el informe positivo por parte de la UNC respecto de la instalación del basural, el Departamento de Antropología (también parte de la UNC) redacta un posicionamiento respecto a esta cuestión que la Facultad de Filosofía y Humanidades hace propio. Más allá de lo expuesto en el escrito centrado en saberes del campo de la antropología, en el que se cuestiona por ejemplo la validez de los métodos para establecer que existe “aceptación social” por parte de los habitantes de la zona, fue interesante la reacción hacia el hecho de que desde la Facultad de Filosofía y Humanidades se opine sobre el tema.

Fue notable como desde medios alineados políticamente con la gestión de la UNC, surgieron intentos de desacreditar la voz de las humanidades en esta controversia. Volviendo al imaginario de un universo despojado de humanidad en pos del cual se sacrificó a Cassini, me pregunto en qué composición de mundo sería válido despojar de los humanos a un estudio de impacto ambiental. Vuelvo a responderme: en la nuestra. En una Universidad occidental y moderna, cuna de científicos y científicas que pueden llegar al Basural and beyond…

Los problemas ambientales son pensados generalmente desde el sentido común -y en sectores del ámbito académico que parece apoyarse acríticamente en el sentido común- como dominio de las llamadas ciencias duras o naturales.  Sin embargo, desde hace ya algunas décadas las ciencias sociales o humanas, han comenzado a hacer oír su voz sobre estos temas. En particular la Antropología (nacida en el seno de la artificial división Naturaleza/Sociedad y luego Naturaleza/Cultura para ocuparse consecuentemente de la Sociedad y de la Cultura) desde hace ya un tiempo presta especial atención a la Naturaleza. Abunda la bibliografía al respecto en el ámbito internacional y nacional, y en estas discusiones participan activamente -sí, increíble- docentes e investigadores de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC.

Otro punto sugestivo en el intento de desacreditar la voz de las ciencias humanas en la controversia, y que llamó mi atención por lo ingenuo, tiene que ver con cierta deslegitimación vinculada a posicionamientos políticos de las autoridades -y de muchos docentes, no docentes y estudiantes, también- de esta Facultad. Es interesante que se fantasee con la posibilidad de una reflexión académica despojada de política.

Cabe destacar que tanto como es de artificial la dicotomía naturaleza y cultura, es de ficticia la dicotomía ciencia y política. Vuelvo a invocar a Bruno Latour, quien señala que, en la Modernidad, la práctica de purificación de estos términos va de la mano con la práctica que este autor llama de traducción. Mi geólogo matemático de cabecera me diría “un sublime enculage de mouche” (googléenlo). Lo que Latour dice, en criollo, es que mientras más nos esmeramos en separar (purificar) naturaleza de cultura o política de ciencia, más se mezclan (traducen) engendrando híbridos que se reproducen exponencialmente en el mundo moderno. En un híbrido es imposible trazar con exactitud la línea que divide qué es natural y qué es cultural (por ejemplo, una botella de agua mineral, el cambio climático global, los transgénicos, y entre muchos etc, la basura). Recomiendo leer una perla de este autor Cogitamus: seis cartas sobre las Humanidades Científicas, publicado en castellano por la Editorial Paidós (2012).

Podríamos desafiarnos a abrir un diario, cualquier diario, y frente a noticias sobre los huracanes Irma o María, el cambio climático global, Monsanto, las cumbres del G20, la hambruna en Yemen, por citar un puñado de ejemplos, intentar definir dónde termina la ciencia y dónde comienza la política, o viceversa. La apuesta segura es que no lo lograríamos.

 

María Bernarda Marconetto

* Licenciada en Ciencias Antropológicas por la UBA y Doctora en Ciencias Naturales por la UNLP. Profesora Adjunta, a cargo de la asignatura Arqueología y Naturaleza de la carrera de Antropología, FFyH, UNC. Investigadora CONICET. Directora del Doctorado en Ciencias Antropológicas de la UNC.

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